
Se presenta ya la recta final de las fiestas navideñas. Sin dejar de lado los excesos gastronómicos, que no son pocos, también “he despertado” ante la secuela de los excesos del consumo, que quizá sean mucho más graves desde mi punto de vista. Pero no por el mero hecho de comprar y regalar, que parece que estas fechas son las únicas para poder hacerlo, el resto del año queda relegado al simple cumpleaños u otro día de especial relevancia para la persona, no, ese ha sido sencillamente mi punto de partida, sino ver en lo que se podía convertir mi hijo si no salimos de esa rueda de infarto que por año se infla más y más.
Todos necesitamos algo que nos haga reaccionar, que nos muestre lo que está pasando porque, en demasiadas ocasiones, estamos ciegos ante la realidad, sencillamente nuestro entorno nos lleva y dirige hacia la dirección que lleva la masa. Salirse de todo esto es muy complicado, ya vemos que son pequeños pasitos los que vamos dando en la dirección que cada uno cree la correcta, pero tenemos mil tropiezos para darnos cuenta que no es fácil, que ni mucho menos tenemos la batalla ganada y que al menor descuido caemos estrepitosamente.
Eso es lo que me ha pasado a mí este año, he visto como mi hijo no disfrutaba de la reunión familiar, en lo que simboliza esa cena (seas o no creyente, lo importante es juntarse con las personas que quieres y disfrutar de ese momento que no sabes si podrás volver a repetir el próximo año), solo pensaba en la llegada de este Papá Nöel cargado de juguetes y con la ilusión de tener todo lo que él tenía en mente. Por suerte, o por desgracia, no se han visto cumplido sus deseos al milímetro, por lo que he visto como se hundía en la más absoluta tristeza, esto hizo que me saltara la alarma interna que llevo y que hasta ese momento parecía estar latente.
No me había dado cuenta del rumbo que estaba tomando su vida, su ansia de consumo, contando con que no esá influenciado por ningún medio externo, excepto alguna visita a algún gran almacén. Su prioridad es acumular, tener y yo no he querido verlo así hasta ahora. Evidentemente nuestra situación familiar ha fomentado esto, pero me he dado cuenta del error y trabajaremos ese punto.
No obstante mil familias con ambos padres estarán también en mi misma situación, intentar mediar entre el consumo, los ideales que tenemos y los deseos de los niños. En una sociedad en la que prima el consumo, en la que se da más valor al plástico que a la imaginación, a las maquinitas que al cartón reciclado, a todo lo que significa “tener entretenido al niño a cualquier precio” frente a “entretenerse con su hijo por encima de todo“, es fácil caer.
Pero esto que nos está pasando es solo mi reflejo, está claro que yo he fallado y él solo reproduce esto. Quizá ha sido también mi manera de “enfrentar” la nueva situación, pero lo cierto es que me he dado cuenta de lo que esto estaba suponiendo en nuestro pequeño binomio familiar y sobre todo para él. ¿Qué hacer entonces?, sencillamente tenemos todo un año para trabajar desde la base, comenzar primero por mí, luego todo saldrá solo, como siempre ha pasado.
Este año será de cambios, para ello comenzaremos por evitar la “tentación”, ya habíamos dejado de ir a los grandes almacenes durante esta época, decidido en consenso, lo tendremos que ampliar para el resto del año, por ambos. Ahora nos queda trabajar mucho con materiales nobles, realizar nuestros propios juguetes (una idea que le está apasionando) y disfrutar de la compañía de las personas a las que queremos. En una palabra, salirnos del todo del redil. ¡Todo un reto!
Conseguirlo no será fácil, pero con la ayuda de nuestra tribu, un pelín que ponga la familia de su parte y mis ganas, seguro que lo logramos.
Continuará….