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El entorno

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Todos sabemos que uno de los problemas que nos podemos encontrar cuando decicimos educar en casa es la presión del entorno, de la familia incluso, en ocasiones, de la propia pareja.

En el caso de la pareja es un tema delicado y muy personal, cada uno sabe sus razones y es algo a trabajar entre ellos en exclusiva. Pero cuando hablamos del entorno o familia, la cosa cambia bastante, puesto que en el fondo debemos sentirnos con la suficiente libertad para tomar nuestras decisiones por encima de los comentarios ajenos.

Tras dar el paso, no sin peros de por medio, nos encontramos con que pueden reaccionar de dos formas. Machacando día a día a ver si en una de esas nos convencen para volver al redil, o ignorando completamente la situación, como “aquí no ha pasado nada” y obvian cualquier tipo de comentario al respecto.

Mi caso particular es este último. Es cierto que vivimos más felices porque nadie cuestiona nuestra decisión, no fue así al principio,  pero por contra parece que hemos caído en el “olvido” familiar en casi todos los sentidos. ¿Por qué?, sencillamente porque casi no tenemos temas de conversación en relación con los niños que no sea relativo al colegio. Empezando el periodo escolar todo cambia, todo se limita a los profesores, las notas, los compañeros, los deberes…. ¿Qué tal llevas el cole?, ¿cómo van los exámenes?, ¿qué tal con tus compañeros?, ¿cómo es tu profesor?,… un largo etcétera que podría ser el cuestionario del día. Es dificil por tanto relacionarse con alguien fuera de todos estos parámetros.

Llegados a este punto ya no me tomo a mal la falta de interés, de cierto sector familiar, por el día a día de mi hijo. Sencillamente no tienen armas para seguir una conversación fuera de este tema, incluso yo misma me asombro viéndome fuera de todo en las reuniones familiares. Temiendo estoy la llegada de las próximas notas, puesto que todo gira en torno a eso, las materias a recuperar y a escuchar comentarios despectivos hacia sus hijos cuando no han sacado la nota que se espera de ellos.

Me alegro de no pertenecer a ese sistema, me alegro de que mi hijo disfrute de una mayor libertad en todos los sentidos y no entiendo como nos cuesta tanto darnos cuenta de lo que este sistema hace, nos hace, a todos y en especial a los niños.

Pero salirse de él cuesta muchísimo, puesto que es poner en duda toda la base de nuestra educación y hay muchas personas que aún no están preparadas para dar ese paso. El miedo les paraliza y su única arma es la desacreditación de algo que no llegan a comprender. En el fondo cada cual se puede sentir atacado, que es lo que nos pasa siempre a la mayoría estemos en el “bando” que estemos, y siempre veremos los comentarios, preguntas o sugerencias de los demás bajo esa perspectiva.

Al principio también  tuve que escuchar muchas objeciones ante la decisión de sacar a mi hijo de la escuela tradicional. Evidentemente casos como el mío los hay en todos los lados. Poco a poco se ve la clase de niño en que se está conviertiendo tu  hijo,  una personita que respeta, que tiene intereses y que pretende “comerse” el mundo. Claro que nunca te lo van a reconocer abiertamente, el cambio gradual será siempre por causas naturales como, que ya va siendo mayor, que tiene un carácter muy afable y eso hace que sea más simpático, respetuoso y empático o sencillamente que hemos tenido suerte.

Al cabo del tiempo los intentos por hacerte entrar en razón van disminuyendo, en muchos casos incluso empiezan a ver la opción como válida y la mejor decisión de nuestra vida, en otros sencillamente no hablan del tema pero se ve que interactuan mejor con el niño. Sea cual sea el caso particular de cada familia, lo que es importante es armarse de paciencia, cubrirse con chubasquero y pensar que un día la tormenta pasa, el sol brilla y nuestros hijos han disfrutado de verdadera libertad.

Imagen:  Bichuas (E. Carton)

Nosotros también fuimos niños

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La confianza y el respeto es la base de toda relación, ya sea con familiares, amigos o nuestros hijos, pero otro punto también indispensable es no olvidar que nosotros también fuimos niños. Podemos pensar que es una afirmación que cae por su propio peso, de lógica diría, pero nos olvidamos constantemente de ella. Un ejemplo claro se ve cada vez que leemos algún artículo referido a la infancia, o libros de educación o crianza, o incluso hablando con otros adultos. Si nos escuchamos solemos hablar en tercera persona, “los niños son”, “los niños necesitan”, “los niños hacen”, “cuando los niños”,… Parece que son un ser diferente, que esa parte de nuestra vida no ha existido y la hemos borrado de nuestra mente, debe ser que ya hemos venido al mundo adultos, la infancia forma parte de otros y no de nuestra existencia, con lo que con esa premisa nos cuesta muchísimo entenderles y respetarles.

Pero así es más fácil “poder manejarles”, puesto que “son niños”, esa especie que traemos al mundo y que algún día será un adulto que habrá olvidado su infancia y tratará a sus hijos como “esa especie que traen al mundo que algún día serán adultos……….”

Solo con cambiar un poco nuestra menera de expresarnos volveremos a recordar ese niño que fuimos, con sus miedos, sus necesidades, sus alegrías, sus inseguridades, en fin, todo aquello que hizo convertirnos en el adulto que somos hoy en día. Cuando somos niños lo que nos rodea nos marca, nos guía, nos enseña. Cuando el adulto ha olvidado esa faceta se convierte en alguien vacío, sin recursos para manejarse con sus propios hijos, puesto que lo hace desde una perspectiva alejada a sus necesidades reales. Los pretenden convertir en pequeños adultos también, porque es así como puede relacionarse con ellos. Y vemos niños precoces en todos los sentidos, pero sin armas para manejarse  porque viven en un mundo que no es el suyo, hecho por y para adultos.

Es importante, por lo tanto, recordarnos siempre niños, así comprenderemos a nuestros hijos, podremos respetarles como se merecen, podremos entenderles y acompañarles en todo momento, confiar en ellos. Sin exigirles ser quienes no son, sin que cumplan nuestras espectativas en lugar de las suyas, que decidan libremente su camino, sin imposiciones ni chantajes, sencillamente estar ahí sin adelantar su madurez. Ese realmente es el respeto y la confianza, base de toda relación.